Voces de la Francofonía


Entrevista a Maryse Condé
Mayo 22, 2007, 3:06 am
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Maryse Condé, una gran señora de la literatura caribeña 

Elizabeth Nuñez:Me impresionó mucho una charla que diste hace dos años en la que contaste que te habías criado en Guadalupe convencida de que no te diferenciabas en nada de una francesa. ¿Puedes explicarme entonces por qué fue tan importante para ti visitar Africa?

Maryse Condé: Recuerdo que, cuando estuve contigo en un restaurante en Guadalupe, te sorprendió y te chocó que todos los camareros y cocineros fueran blancos de nacionalidad francesa. Imagina entonces lo que era crecer en Guadalupe años atrás. Los maestros de las escuelas eran franceses. Los sacerdotes, cuando íbamos a misa con la familia, eran blancos. Vivíamos en un medio exclusivamente blanco y francés, cosa que me parecía normal. Yo no hacía preguntas. Es cierto que cuando me miraba al espejo veía que era negra, pero para mí el color era irrelevante. Me sentía exactamente igual a la gente que me rodeaba, es decir, franceses y blancos. Luego, cuando estuve en Francia, descubrí que el color de mi piel quería decir algo. Que yo fuera negra no era accidental. Existía una profunda diferencia entre mi persona y las de piel blanca. Tuve que viajar a Africa para descubrir el significado y la importancia de esa diferencia. 

E.N: ¿Y qué descubriste?


M.C: Al principio pensaba que la gente de color tenía una cultura común diferente de la de los franceses. Me parecía que todos los negros estaban vinculados por una comunidad de origen y de historia. Eramos básicamente un pueblo dividido por los estragos de la esclavitud. Yo, nacida en Guadalupe, me encontraba separada de la población de Guinea, donde vivía en Africa, tan sólo a causa de la trata de esclavos.
 

E.N: Y ahora, ¿piensas de otro modo?

M.C: Descubrí una cosa importante en Africa: hablaba una lengua distinta de la del pueblo. Nuestra alimentación tampoco era la misma –esto puede parecerte trivial, pero es importante. Tampoco usábamos la misma ropa, ni disfrutábamos con la misma música, ni profesábamos una religión común. En unos pocos meses, me sentí terriblemente aislada. Ni siquiera lograba comunicarme con mi primer marido, que era de Guinea. Hice entonces un segundo descubrimiento: la raza no es el factor esencial, lo importante es la cultura. Como no compartía la cultura del pueblo de Guinea, del pueblo africano, dejé ese continente y mi matrimonio se acabó.  

E.N: Entonces, ¿sería justo afirmar que ahora te sientes culturalmente más próxima de tu esposo actual, Richard Philcox, blanco y británico, que del primero, negro y africano? 
 

M.C: Cuando conocí a Richard, hace veinte años, vivía una etapa de activismo político y me parecía inconcebible unirme a un blanco. Mis hijos eran también muy nacionalistas y les parecía chocante que me enamorase de un blanco. Pero terminé por entender que el color de la piel de uno no importa. Me di cuenta de que un blanco tenía más en común conmigo que mi primer cónyuge, mucho más que la mayoría de la gente que conocía. Es una cuestión de entendimiento, de amor. El matrimonio no debe verse como parte de un programa político. Tiene que ver con los sentimientos y las opciones de dos personas. 

E.N: Volviendo a la época en que te marchaste de Africa, ¿regresaste a Guadalupe o a Francia? 
 

M.C: Necesitaba ganarme la vida, de modo que viajé a Francia, aunque me resultó difícil encontrar trabajo allí. Me integré en la comunidad guadalupeña y martiniquesa y viví como una exiliada. Cinco años más tarde, volví a Guadalupe. 

E.N: ¿Qué piensas ahora de Africa? ¿Sientes vergüenza cuando oyes hablar de la corrupción existente? A menudo pienso que nos están gastando una broma muy cruel. Justo cuando empezamos a sentirnos orgullosos del valioso patrimonio cultural africano, los medios de información nos bombardean con noticias sobre la corrupción que parece imperar en el continente. 
 

M.C: Viví 12 años en Africa, y he de confesar que fue el periodo más difícil de mi vida. Estuve en Guinea y en Ghana. Es innegable la corrupción de los regímenes de esos países, cuya población sufre los abusos de sus gobernantes. El hambre y la enfermedad causan estragos y las condiciones de vida de la gente son sumamente penosas. Pero no por eso hemos de concluir que Africa es inferior. Los países europeos necesitaron años para consolidar la democracia, incluso muchos de ellos no han conseguido instaurarla aún. Francia, por ejemplo, está constantemente desgarrada por huelgas y desórdenes, de modo que ¿por qué habríamos de avergonzarnos de los problemas de Africa? Estos se ven agravados por el neocolonialismo, por la falta de acceso del pueblo a la educación. Esta situación es consecuencia de muchos años de colonialismo y de una independencia que se produjo en condiciones deplorables. Por eso, no me siento para nada avergonzada. Africa está empeñada en encontrar soluciones, y creo que algún día las encontrará. 

E.N: Tu novela The Last of the African Kings es una sátira de los afroamericanos de clase media que sólo hablan en términos ditirámbicos del pueblo africano y critican a los que denuncian la corrupción en Africa. Aparece un “prestigioso instituto negro de Atlanta, donde el deber hacia la propia raza se inculca con tanto fervor como la ciencia y la literatura”. 


M.C: Lo que quieren los afroamericanos que piensan así es ocultar un profundo complejo de inferioridad. Se sienten avergonzados de la situación actual de Africa y prefieren engañarse acerca de la corrupción y los abusos que allí se cometen. Tenemos que aceptarlo: Africa fue despojada de su grandeza, de su poderío, de su magnificencia. Si seguimos repitiendo un discurso que elude esos hechos dolorosos, nuestra visión de Africa será incompleta. Ha llegado el momento de que entendamos que tenemos ciertos deberes frente al sufrimiento de nuestro pueblo. No me interesa batallar por que se reparen los perjuicios causados por la esclavitud ni por obtener ayuda financiera. Lucho por encontrar una solución a los problemas de la población de Africa en situación desesperada y que necesita una salida para recuperar la confianza en sí misma. Citando a Marcus Garvey, “quisiera enseñar al negro a descubrir su propia belleza”. El problema para mí no es combatir a los blancos que son despreciables y perversos, sino a los miembros de nuestro propio pueblo que son despreciables y perversos. 

E.N: Sin embargo, has escrito mucho sobre la esclavitud, lo que me parece inusitado tratándose de una caribeña. Recientemente, un crítico británico instalado en Trinidad, irritado por el repudio del colonialismo que expreso en mi última novela, Bruised Hibiscus, sostuvo que era como morder la mano que me había dado el pan. Me chocó el silencio con que fue acogida esa crítica, incluso en mi familia. Nadie alzó la voz para señalar algo obvio –que era yo la que había alimentado a los británicos gracias a la esclavitud y el colonialismo. ¿Qué piensas obtener con tus relatos sobre la esclavitud? 
 

M.C: La gente me pregunta a menudo para quién escribo. La respuesta es que lo hago para mí misma. Escribo sobre la esclavitud, sobre Africa, sobre la condición de los negros a lo largo y ancho del planeta porque quiero ordenar mis ideas, entender el mundo que me rodea y estar en paz conmigo misma. Escribir es para mí una suerte de terapia, una manera de sentirme sana y segura. 

E.N: ¿No persigues entonces una finalidad pedagógica? 
 

M.C: No, para nada. Sería demasiado fácil afirmar que escribo para educar a mi pueblo. Para la primera generación de escritores, como Aimé Césaire, ésa era la meta: enseñar, escribir para el pueblo. En cuanto a mí y a mi generación, somos mucho más modestos. Escribimos, en primer término, para entender el mundo nosotros mismos, y si lo logramos, tal vez otros consigan entenderlo mejor. 

E.N: ¿Por eso no escribes tus libros en criollo? Según algunos intelectuales, como Patrick Chamoiseau, de Martinica, por ser autores caribeños deberíamos escribir nuestras obras en criollo, la lengua de la mayoría de la población. 
 

M.C: Me niego a aceptar la dicotomía entre francés y criollo. Como suelo afirmar, Maryse Condé no escribe en francés ni en criollo. Escribe como Maryse Condé. Cada uno de nosotros ha de encontrar su voz, su forma de expresar las emociones, las impresiones que lleva en su fuero íntimo, y para hacerlo ha de utilizar todas las lenguas de que dispone. En mi última novela, Célanire cou-coupé, hay un glosario al final del libro con palabras en lenguas africanas, en lenguas criollas y en español. Para poder narrar la historia que me interesaba y tal como quería hacerlo, necesitaba echar mano de diversos recursos. La opción limitada entre francés y criollo tiene un alcance político. En el plano político es indispensable emplear el lenguaje que nuestro pueblo puede entender mejor, el que le es más familiar, pero cuando se escribe hay que sentirse totalmente libre de escoger el medio que mejor se ajuste a nuestros deseos y aspiraciones. 

E.N: Y para ti, ¿ese idioma es el francés? 
 

M.C: Mi francés, a mi manera. No es la lengua que oyes en Francia. Es una combinación de la lengua de una persona nacida en Guadalupe, que escucha la gran variedad de sonidos del lenguaje, y mi lengua personal. 

E.N: Entonces, ¿qué es un escritor caribeño auténtico? 
 

M.C: No soporto la palabra auténtico. Aquí estoy yo, Maryse Condé, que he nacido en Guadalupe, he vivido en Africa y en París, y ahora en Nueva York. Ahí estás tú, Elizabeth Nunez, nacida en Trinidad, que has trabajado y pasado la mayor parte de tu existencia en Nueva York. Ambas somos auténticas escritoras caribeñas. Y es algo personal cómo concebimos la vinculación que nos une a nuestra madre patria en el Caribe, cómo vemos nuestro lugar en el mundo, cómo nos vemos a nosotras mismas y quiénes somos. 

E.N: Sin embargo, a veces pienso que como vivo fuera del Caribe, la gente de allí piensa que ya no tengo derecho a escribir acerca de esa región o que he vivido lejos demasiado tiempo para poder expresarme sobre ella con autenticidad. ¿Sientes a veces este tipo de inquietud? 
 

M.C: ¿Qué significa escribir con autenticidad acerca del Caribe? Cuando escribes, das tu versión de la realidad. Nunca me siento obligada a justificarme ante el público. Si creen que no soy una verdadera autora caribeña, allá ellos, pero yo estoy convencida de que tengo pleno derecho a hablar de Guadalupe y de que soy una escritora genuina y totalmente guadalupeña. 

E.N: ¿Piensas que hay una literatura caribeña con características propias? 
 

M.C: Sí, pero es difícil de definir. La obra de Edwidge Danticat (una joven autora haitiana que vive en Nueva York) representa un aspecto de la literatura caribeña. La tuya, Elizabeth, es otro aspecto de esa misma literatura. La mía también lo es, y la producción de los que se quedaron en su país, los que nunca abandonaron el terruño —Patrick Chamoiseau, por ejemplo— forma parte asimismo de esa literatura. La totalidad de esas voces distintas compone una sinfonía que es en definitiva la literatura del Caribe. No voy a definirla porque es demasiado compleja, demasiado plural, demasiado cambiante para enmarcarla en una definición estrecha. 

E.N: Algunos me tachan de feminista por los enérgicos personajes femeninos que aparecen en mis novelas. Pero lo cierto es que no trato deliberadamente de crear mujeres fuertes. Mis personajes corresponden a las mujeres que ejercieron una influencia en mi vida: las que se negaron a sentirse víctimas y tomaron las riendas de su destino. También hay heroínas de ese tipo en tus novelas. ¿Te consideras una escritora feminista? 


M.C: Mi respuesta es parecida a la tuya. Fui educada por una madre y una abuela de personalidades muy fuertes. También la tienen mis hermanas. Todas las mujeres que conocí en Guadalupe eran fuertes. Lograron sobreponerse a circunstancias muy adversas. Mis libros son un reflejo de lo que observo en la vida. No creo ser feminista. Escribo sobre lo que sé. 

E.N: Tu novela Windward Heights fue una liberación ver el clásico de Emily Brontë con los ojos de un elenco de personajes negros. Desbarataste las teorías racistas que niegan la existencia de una humanidad común. ¿Fue ése tu propósito o escribiste esa novela movida por razones más personales? 
 

M.C: Alguien me regaló Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, cuando tenía 15 años y aún vivía en Guadalupe. Yo era muy melancólica y solitaria. Mi madre murió en mi infancia y por muchos años traté de restablecer el contacto con ella. La buscaba incesantemente en la naturaleza, por todas partes. Cuando leí Cumbres borrascosas, sentí que esa obra había sido escrita para mí. Me identifiqué totalmente con la pasión con que Heathcliff quiere encontrar a Cathy una vez muerta. Escribí mi novela para demostrar que, pese a las diferencias de época, de circunstancias y de ideas, las mujeres pueden comunicarse entre sí porque comparten ciertos deseos y experiencias. Emily Brontë podía hablar a Maryse Condé más de un siglo después porque su historia era similar a la mía. Sentí el impulso de reescribir la historia de Brontë, no para mostrar las diferencias entre las mujeres caribeñas y las inglesas, sino más bien lo que tenemos en común. 

E.N: Dices al comienzo de tu libro que crees que Emily Brontë aprobaría tu interpretación de su obra maestra. ¿Ese deseo de aprobación te impuso alguna cortapisa? 
 

M.C: Debo confesar que olvidé totalmente a Emily Brontë cuando estaba escribiendo mi novela. Me concentré en la pasión entre Cathy y Heathcliff, el amor excesivo que unía a esos dos personajes. Pero leía la novela de Brontë con frecuencia, y la tenía abierta en mi escritorio por la página en que Cathy dice “soy Heathcliff”. Son palabras muy hermosas, reveladoras de la intensidad de la pasión posible entre dos personas. Cuando estaba terminando mi novela me pregunté qué habría pensado de ella Brontë, pero no me lo planteé realmente en serio. Nunca pretendí competir con Brontë. No fue un problema para mí. 

E.N: ¿Puedes hablarme un poco de tu labor en la Universidad de Columbia? Sé que creaste allí el Departamento de Estudios Francófonos. Y que eres su presidenta. 
 

M.C: En Nueva York los caribeños de lengua inglesa y española son ampliamente reconocidos, pero no ocurre lo mismo con los de lengua francesa. Es como si no existiéramos. Cuando digo que soy de Guadalupe, la gente se queda perpleja, nunca han oído hablar de ese lugar. Cuando fui invitada a enseñar literatura del Caribe en la Universidad de Columbia, me sentí en la obligación de aprovechar mi posición para fundar un departamento que atrajera a personas del Caribe francófono proporcionándoles un espacio en el que expresarse sobre sí mismas y darse a conocer. Sería pretencioso afirmar que cambié la fisonomía de Nueva York, pero al menos en Columbia la gente ahora sabe que Aimé Césaire no es el único escritor francófono del Caribe. 

E.N: Sé que eres también la abogada de toda la literatura caribeña. No sólo has organizado algunas conferencias importantes sobre el tema, sino que recientemente has creado un premio literario, el Prix des Amériques Insulaires et de la Guayane, [Premio de las Américas Insulares y la Guayana] para recompensar la mejor obra escrita en cualquiera de las lenguas del Caribe. 
 

M.C: Hay quienes me critican por aceptar dinero de Amédée Huygues Despointes, que financió el premio. Dicen que es un beké (criollo blanco de la plantocracia), pero es un hombre que ama a Guadalupe como yo. Le interesa el futuro de esa tierra. Estamos en el año 2000 y deberíamos acabar con las divisiones entre negros y blancos y fomentar la unidad.  

E.N: Has escrito un nuevo libro, Célanire cou-coupé. 
 

M.C: Es una obra que se aparta de mis demás novelas. Mis hijas se habían quejado de que todas mis obras eran tristes y dolorosas, y por eso escribí una novela cómica, una novela fantástica. Se basa en una historia que leí en un periódico de Guadalupe, en 1995, sobre el descubrimiento del cadáver de una niña, que había muerto degollada, en un montón de basura.

E.N: No parece ser una novela muy alegre… 
 

M.C: Escucha y dime lo que piensas. Todo el mundo quería saber por qué el bebé había sido asesinado de ese modo. Lo que salta a la vista es que una mujer que desea desembarazarse de su bebé no suele degollarlo. Hacerlo supone una crueldad y una maldad especiales. Los guadalupeños empezaron a especular con la idea de que se había utilizado a la criatura en sacrificios humanos. En mi novela imaginé que un médico le había devuelto la vida cosiéndole el cuello, y que la niña partía en busca de sus asesinos.  

E.N: Es una historia muy triste.

M.C: Espera. La niña empieza a atacar todo lo que nos parece sagrado. Por ejemplo, llega a Africa a comienzos de la colonización. Cuando observa que la colonización es un fracaso porque no hay comunicación entre africanos y europeos, decide que la mejor forma de mejorar la situación es instalar un prostíbulo donde las mujeres africanas puedan hacer el amor con los blancos. ¡Ah! Ahora te estás riendo. 

E.N: Es muy divertido.
 

M.C: Ves que no me había equivocado cuando decía que es una novela cómica. 

E.N: Una farsa.
 

M.C: Tú lo has dicho. 

E.N: ¿Cómo te las arreglas para hacer todo lo que haces, Maryse? Escribes, eres catedrática, activista literaria, mentora de autores que se estrenan… y además tu vida familiar es sumamente activa. 

MC: Honradamente, no sé qué contestarte. No me supone un esfuerzo ser una cosa u otra. Puedo ser todo al mismo tiempo.

Reproducido de The Unesco Courrier. Link: http://www.unesco.org/courier/2000_11/sp/dires.htm#e1 


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